Desde que llegué a Estados Unidos no ha habido nada que no me haya impactado del estilo de vida. A lo largo de mi año escolar en Estados Unidos, me ha sorprendido especialmente el fuerte espíritu que existe alrededor del instituto: todo el mundo se involucra en actividades, deportes o en el student council, y organizan cada evento con muchísimo detalle y motivación. También me llamaron la atención las diferencias en la comida y los horarios, ya que aquí se ve más como una necesidad que como parte de la cultura, y comer a horas tan distintas a las de España me resultaba curioso. Además, he pasado a considerar el coche algo imprescindible, y trayectos de 45 minutos o una hora se han vuelto completamente normales.
Lo que más me gusta de la vida estadounidense es la independencia que tienen los adolescentes y la espontaneidad del día a día. Mi host sister tiene mi edad y conduce, así que en cualquier momento podemos hacer planes improvisados: ir de compras, desplazarnos a otros lugares para ver partidos, salir a comer o simplemente hacer algo diferente sin necesidad de organizarlo con mucha antelación. Esa libertad hace que cada día sea distinto.
Del sistema educativo estadounidense destacaría que valoran mucho más la parte práctica del aprendizaje. Me gusta que trabajemos a través de proyectos y que se centren en que realmente entiendas lo que haces, en lugar de memorizar grandes cantidades de contenido. También es interesante que tengas oportunidades para mejorar tus notas y la importancia que le dan al desarrollo personal. Además, la gran variedad de asignaturas optativas, como diseño de interiores, cocina, teatro o diseño gráfico, permite explorar intereses que en España no suelen formar parte del currículo habitual.
Al principio eché mucho de menos la confianza y cercanía que tenía en España. Siempre he sido una persona muy espontánea, y llegar a un entorno completamente nuevo, tanto en casa como en el instituto, supuso empezar desde cero. También noto la diferencia en la forma de comunicarse, ya que aquí muchas conversaciones suelen ser más cortas. Aun así, con el tiempo he conseguido adaptarme y volver a sentirme yo misma, creando vínculos más profundos con algunas personas.
Entre los momentos más especiales que he vivido están las vacaciones en el lago con mi familia de acogida, donde pasamos días en el barco haciendo surf y tubing, o mi Senior Night de voleibol, un momento muy emotivo en el que participé con mi familia delante de todos. También recuerdo con mucho cariño el Homecoming, que empezamos organizando un brunch con amigos antes de prepararnos juntos para el baile, y las noches de fútbol americano, donde íbamos con la temática del día y compartíamos el ambiente con todo el instituto. Además, pequeñas experiencias como dormir en casa de amigas después de un partido o pasar tiempo juntas han hecho que todo cobre aún más sentido.
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